El encanto de las catacumbas

Le Paysan de Paris: Louis Aragon y los espacios públicos

Aragon 2   Le Paysan de Paris (El campesino en París) es una obra paradójica en todos los sentidos. Es la novela-collage que escribió Aragon contra la falsa percepción novelesca que denunciaban los primeros surrealistas. Es también la novela que escribe contra la prescripción de Breton, para el que solo la poesía puede reflejar el subconsciente.  Y es, en definitiva, el libro que cambió la imagen artística de Aragon y que, partiendo del airado poeta inconformista, completamente inmerso en los movimientos contestatarios del dadaismo y el surrealismo, lo transformó en la joven promesa literaria a la que la crítica y el público irán mirando cada vez con mayor interés hasta hacer de él un clásico en vida. Seguramente él no era consciente de ello pero Le Paysan de Paris en cierta medida fue decisivo en la puesta en marcha de este lento proceso.

   Pese a la carga de responsabilidad que le echamos encima, el libro sigue siendo de una frescura fabulosa casi noventa años después de su publicación en 1926 por Gallimard. Constituye además un fresco sobre París que se divide en dos partes: la primera dedicada al desaparecido Pasaje de la Ópera, ya por entonces condenado al derribo para ampliar el Bulevar Hausmann; y la segunda centrada en un paseo por el parque del Buttes-Chaumont.

Aragon y Breton

¡Que nadie se mueva! Ha llegado el terror.

   Una de las cosas interesantes del libro es que en sus páginas se percibe cómo Louis Aragon empieza a buscar un camino propio tomando una posición estética independiente (en la medida en que los surrealistas podían separarse de las consignas del grupo) y representa por ello un momento cumbre en su trayectoria como escritor, poco antes de integrarse en el Partido Comunista y acabar cayendo en el dogmatismo férreo del partido, que acabará separándolo de la mayor parte de sus amigos de juventud. En mi opinión, Aragon ya no vuelve a recuperar un interés literario de tanta altura hasta la época de la resistencia, y más tarde con Habitaciones (Hiperion, 2009).

   El audaz Aragon propuso en Le paysan de Paris un tipo de novela sin personajes que se aleja intencionadamente del modelo realista, y opta en cambio por la observación evocadora de ciertos espacios urbanos que combina hábilmente con recuerdos y divagaciones. Sus descripciones tienen más de ensoñación que de transmisión exacta de la realidad y el ritmo de la escritura sugiere más el de un paseante, el propio Aragon, que comenta sus impresiones que el de un narrador omnisciente, la bestia negra para los surrealistas. Variados recuerdos, elucubraciones y desviaciones del discurso le dan un aire de libertad al libro que seduce desde las primeras páginas. Pero Aragon siempre acaba llegando a algún sitio. Esta subjetividad buscada y encontrada en el paisaje urbano, interior y exterior, es uno de los hallazgos del libro y en realidad actualiza una tradición que ya se ve en algunos memorialistas franceses (Restif de la Bretonne, Chateaubriand…) y poetas del XIX como Nerval o Baudelaire y que seguirán otros autores como Léon-Paul Fargue o Robert Giraud, a los que ya dedicamos sendas entradas. Del primero, por cierto, se ha editado hace poco en español El peatón de París (Errata Naturae, 2015), y del segundo se va a publicar a principios de 2016 mi traducción de!er édition Paris, mon pote (Nova Casa Editorial, 2016). La lista de paseantes singulares podría ser interminable: Guillaume Apollinaire, Jacques Yonnet, Jean-Paul Clébert, Henri Calet, Queneau, los situacionistas, Modiano… Todos siguen de manera personal esa línea de la que Le paysan de Paris supone un trazo decisivo. Constituye todo un género, o mejor, un tópico literario dentro de la literatura francesa moderna: el escritor y la ciudad, el paseante y los espacios urbanos, el yo y lo otro.

   Philippe Soupault, en una interesantísima entrevista televisada en los 80 y dirigida por Bertrand Tavernier comentaba paseando por un pasaje cubierto que Aragon había escrito el libro en quince días. De hecho, se fue publicando por fragmentos en su revista, La Revue européenne. También afirmaba que Aragon podía haber hecho carrera literaria integrándose en la Nouvelle Revue Française y en Gallimard pero que rechazó sus invitaciones. No dejaría de hacer una carrera muy diferente como uno de los grandes baluartes intelectuales del comunismo francés.

   Curioso también es el hecho de que Aragon evitase referirse a este libro al ser preguntado por su obra y que no se reeditase en Francia hasta 1966. A veces el silencio resulta revelador.barometre

   El libro, dedicado a André Masson, se divide en dos partes principales, precedidas de un prefacio y rematadas con unasuerte de coda titulada Le songe du paysan. El primer cuerpo de la obra está constituido por Le passage de l’Opera y el segundo se titula Le sentiment de la nature aux Buttes-Chaumont. Hay cierta diferencia en el tono de ambas partes, aunque son complementarias y pretenden conformar las dos caras de un todo que podría ser algo así como la vida espiritual en una metrópoli moderna. Los títulos de ambas partes son bastante explícitos y describen lo que se muestra en cada una de ellas. Le passage de l’Opera realiza un subjetivo inventario de los comercios y personajes que se inscriben en un conjunto de galerías comerciales de segunda categoría cuyo destino inminente es sucumbir ante el avance de la especulación inmobiliaria, razón por la cual los comerciantes se han unido en sus protestas. Aragon inserta los carteles reivindicativos en la obra y, sin resultar cargante en su apología, nos habla con delectación de las tiendas de ropa y complementos para señores, en las cuales le gusta imaginar a Landru mientras se prueba un traje antes de una cita con alguna de las viudas que constituyeron el dramático repertorio de sus víctimas; de las pensiones por horas, donde alguno de sus amigos se aloja por el bajo alquiler y por el nulo control del que se beneficia uno en tales lugares; de las severas barberías para caballeros, a los que califica de «artistas capilares»; de la librería Rey, donde se permite a los estudiantes leer las revistas sin llevárselas; de una sauna dudosa adonde los hombres se dirigen de uno en uno; de las prostitutas que ejercen en el microcosmos de los pasajes; también del café Le Petit Grillon, lugar favorito de Aragon y en cuya sala interior se reunieron los dadaistas y surrealistas hasta la demolición de todas las galerías. En algunas de las ideas que se dibujan y en el carácter fragmentario, utilizando incluso recortes de periódico, se puede encontrar también en esta primera parte de Le Paysan de Paris un precedente (reconocido) del Libro de los pasajes de Walter Benjamin.

   La segunda parte del libro está dedicada al recuerdo de un paseo con André Breton y Marcel Noll por el jardín del Buttes-Chaumont a última hora de la tarde. Se desarrolla a partir de este recuerdo una serie de reflexiones sobre los jardines urbanos y el sentimiento de la naturaleza que representan en la sociedad urbanita moderna. Todo aquí resulta más divagante, más abstracto. A mí personalmente me parece más amena la primera parte pero no dejan de aparecer también en estas páginas interesantes ideas, como la sensación de que los ciudadanos de las grandes ciudades mantengan una necesidad de espacios naturales en la propia ciudad, una naturaleza delimitada y enjaulada, pero siempre a mano. También tiene interés la reflexión en torno a la idea del mito moderno, que puede considerarse un claro precedente de algunos aspectos de la semiología de Roland Barthes.

   La propAragon-Manrayia forma y el método de composición del libro son interesantes y merecen un breve comentario. La voluntad de deconstrucción por parte del joven Aragon es muy consciente y se debe a la pérdida de confianza que los surrealistas experimentaron por la novela convencional. Al insertar carteles, continuas divagaciones, noticias de periódico y ocasionales juegos tipográficos, nuestro autor no solo realiza un ejercicio alquimístico de géneros, sino que alcanza la mayor paradoja de su libro: partiendo de hechos reales Aragon consigue crear, mediante el empleo de todos estos recursos, lo que se podría llamar un reportaje libre de la realidad. En otras palabras, construye la que quizá sea la mejor novela surrealista sin recurrir a la ficción novelada y el método es el contrario del que se sigue en el proceso narrativo clásico: en vez de inventar unos hechos que podrían ser verosímiles y ordenarlos para construir una historia ficticia con un mensaje, Aragon construye un nuevo orden para un relato de lo cotidiano que, mediante la irrupción de lo maravilloso, nos hace partícipes de la ficción de la propia realidad.

   Sea como sea, estamos ante una de las mayores lagunas editoriales del ámbito castellano que afecten a las obras importantes de la literatura francesa del siglo XX. Esperemos que algún editor se percate de ello y se atreva a publicar un libro clave que merece estar en las bibliotecas de los lectores más inquietos. El que se aventure en este París disfrutará sin duda del paseo.

   Lecturas recomendadas:

  • Le Paysan de Paris, Louis Aragon (Gallimard, 2007).
  • Habitaciones, Louis Aragon (Hiperión, 1996)
  • Les Beaux Quartiers, Louis Aragon, (gallimard, 1989)
  • Histoire du Surréalisme, Maurice Nadeau (Points Essais, 2010).
  • El Surrealismo y sus derivas, VV.AA. (Abada Editores, 2013).
  • Aragon, Pierre Daix (Flammarion, 1993)
  • Aragon Retrouvé 1916-1927, Pierre Daix (Tallandier, 2015).
Esta entrada fue publicada el 15 diciembre, 2015 a las 5:26 pm. Se guardó como literatura francesa y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Le Paysan de Paris: Louis Aragon y los espacios públicos

  1. Una vez más, Errata Naturae acaba de llenar un hueco injustificable. Bien por ellos (y por los lectores).

    http://erratanaturae.com/libro/el-aldeano-de-paris/

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